El fin del invierno
El cambio climático repercute en una Buenos Aires tropicalizada, donde cada temporada se potencia la incertidumbre ante la infección. ¿Qué cosas, culturas y hábitos se terminan con los 30° en agosto? ¿La ecología sintetiza la figura más lograda del Apocalipsis? Además, una crónica sobre la ciudad del miedo, en la víspera de la primavera.
Vamos a extrañar ese espléndido dictado nerudiano de las lentas hojas vestidas de silencio y amarillo. Pero si es así, ¿cómo será nuestra vida sin inviernos, un éxtasis tropical permanente, una melancolía de la nieve, un aluvión zoológico en las fuentes, un paraíso de playas y bikinis? ¿Y qué decir de nuestro estado de ánimo, acostumbrado a fluctuar junto con las estaciones y el largo de los días? ¿Qué de la geografía, ciencia reversible y temporaria? ¿Dónde esconderán su pelo las ovejas, cuándo encontrarán ovejos para soñar un futuro de inviernos y corderos? ¿Y qué pasará con nuestro sentido del humor, con las enfermedades, con el destino de los genes que traemos de fábrica?
La naturaleza nos ha regalado enormes reservas de carbón, petróleo y gas natural y nosotros nos dedicamos a quemarlos, liberando miles de millones de toneladas de dióxido de carbono al aire. Este gas (junto con otros como el metano o los compuestos clorofluorocarbonados –CFCs) atrapa la radiación solar en la troposfera, la parte inferior de la atmósfera, lo cual resulta en un aumento sostenido en la temperatura global – esto es lo que se conoce como efecto invernadero. Y no son efectos sutiles: la tendencia es que las concentraciones de CO2 en la atmósfera lleguen al doble de lo que eran al principio del siglo XX, y con ellas, el mundo sufra un aumento de entre 2° y 5°C. Los efectos de este calentamiento son impredecibles, pero involucran cambios en los hielos, los océanos, los desiertos y, claro, todas las especies animales y vegetales que quieran habitar el suelo terráqueo.
Como fuere, el calentamiento global va a afectar a todo bicho que camine, vuele, nade o fotosintetice: desde el sapo coquí (sí, el de las canciones de cuna) de las selvas tropicales de Puerto Rico hasta el bacalao para las Pascuas. Las pulgas y otros bichos aprovechan la novedosa calidez y se van desplazando hacia el norte, llevando consigo enfermedades para mascotas y humanos.
¿Qué hacer?, se preguntan los Lenines modernos, y aguzan la imaginación para inventar erupciones volcánicas artificiales que espejen al sol, colgar mediasombras en órbita, que bajarían la luz solar en alrededor de un 2%, o bien tumbas subterráneas o submarinas para el dióxido de carbono que generan las ciudades y las industrias. Estas fábulas ya tienen su nombre: ingeniería climática, y sin duda darán pasto para rato a los guionistas de cine.
Depresión estacional
¿No hay algo de bueno en el fin del invierno, con menos pulóveres y, presuntamente, mejores cosechas todo el año? Por un lado, si el aumento de la temperatura fuera muy moderado, podría tener algún efecto beneficioso para la agricultura, pero los números que se barajan sugieren un efecto trágico: más calor, más inundaciones, menos agua en zonas mediterráneas, menores cosechas, más enfermedades, más pobres. Y así no hay Hollywood que aguante.
Pero el calentamiento que supimos conseguir no sólo confunde a los pétalos y los pichones: hasta esculpe islas en el océano. Cartógrafos del mundo, atención: una nueva isla apareció hace un par de años cerca de las costas groenlandesas (¿groenlándicas?), separada del terreno principal debido al derretimiento de buena parte de la cáscara de hielo. Así, de a poco, parte del suelo se fue separando, hasta que hacia 2002 sólo estaba unido a la islota por un pequeño puente de hielo.
Y a esta altura, podemos decir que Groenlandia tuvo una isla hijita, separada sin un llanto: ninguna escena, ningún daño, pero una potentísima imagen del cambio climático y señal inequívoca de que si se derrite el casquete de hielo del Artico se pudre todo (o, más bien, se inunda todo: tiene unos 2 millones y medio de kilómetros cúbicos, que si pasan a estado líquido harían aumentar el nivel del mar en alrededor de 7 metros).
Por suerte Groenlandia queda tan, tan lejos, ¿verdad? Pues bien, las proyecciones nos acercan más y más al eterno verano con chapuzón permanente. Según la novela Cuarenta signos de la lluvia, de Kim Robinson, la ciudad de Washington podría tener avenidas de agua, canales y gondolieros. Es sólo ficción, dirán, pero a consecuencia del cambio climático la verdadera Venecia, la ciudad del agua, corre el riesgo no sólo de continuar hundiéndose hasta llegar a ser la Nueva Atlántida (gran nombre para un balneario), sino que sufriría inundaciones diarias e incontrolables. Y pensar que en esa misma Venecia, hacia 1809, Byron y sus poetas amigotes anduvieron de parranda tomando el famoso gelato. Más allá de lo encomiable que habrá sido fabricar helado en verano y sin freezer, lo cierto es que la de heladeros podrá ser una de las profesiones con mayor futuro en el planeta que viene. Y, como veremos, también serán necesarios para ponernos de buen humor.
Los poetas malditos lo saben de hace rato. Decidme, qué es el día o la noche/ para aquel que está sumido en la congoja, se pregunta William Blake. En el diario de Scott Fitzgerald nos enteramos de que en la verdadera noche negra del alma, siempre son las tres en punto de la madrugada. Y siguen las firmas: en Tolstoi, en Baudelaire, en todos los que han sufrido algún tipo de tristeza crónica se refleja la relación entre nuestro estado de ánimo, el paso del tiempo y el clima o la época del año. En el invierno de nuestro descontento no hay hijo de York que nos salve.
Por más que para T. S. Eliot "abril es el mes más cruel" (y visto desde el norte, se refiere al inicio de la primavera, cuando nacen lilas de la tierra muerta), nadie puede negar que los días cortos, la oscuridad y el frío nos predisponen bastante mal para enfrentarnos al mundo más allá de las frazadas. Si bien hibernar no parece una opción (aunque a veces suene tentador hacer un poco de oso), nuestro cuerpo tiene resabios de la era del hielo: dormir más, almacenar grasas para pasar la helada, volvernos un poco ermitaños y refunfuñadores.
Y nunca falta el extremista que lleva estos signos al máximo, y se vuelve un poco Mr. Hyde con cada invierno. Efectivamente, existe un tipo de depresión recurrente, que suele aparecer cuando la temperatura y la cantidad de horas de luz por día disminuyen de un cierto período crítico: la depresión invernal o trastorno afectivo estacional ("SAD", en la manía acronímica angloparlante).
Ojo al cerebro: no se trata del bajón invernal o el del domingo por la noche, sino de una señora depresión con todos sus síntomas (suicidios nada románticos incluidos), que puede y debe ser diagnosticada y tratada diferencialmente. Siendo relojes con patas, las sospechas recaen sobre el fino mecanismo de relojería que controla nuestros ritmos diarios, un ciclo cerebral que se alimenta –se pone en hora– con la luz nuestra de cada día. ¿Será cierto entonces, como profetiza y estremece Alejandra Pizarnik, que la melancolía "es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado"?
Según la Pizarnik, que algo sabía del tema, en la melancolía, "mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto".
Pero atención melancólicos: hecha la ley, hágase la luz. Porque si lo que falta es la luz (y en consecuencia la sincronización del reloj biológico) el tratamiento de elección, higiénico, barato, dietético, es la fototerapia: un rato de luz brillante por día estimula, sienta bien, quita las ganas de fumar y aleja los fantasmas de la depresión. No es una cura, sino un tratamiento sintomático; aun así, bienvenido sea.
Momentito: si se acaba el invierno, entonces, ¿se acaba la depresión estacional? ¿Estos osos hibernantes se despertarán para siempre convertidos en alegres mariposas? ¿Es el fin de la alegría solo brasileña? Hay quienes dicen que las consecuencias del cambio climático no se verán sólo en los mares, las sequías o los bacalaos: mucho más cerca, las sentiremos dentro nuestro, hasta en el estado de ánimo. Ver para creer.
Uno y el universo
Vale la pena recordar cómo estamos bombardeados por esta era genómica: que los genes son maravillosos o que no son buenos, que hacen daño, que dan pena y se acaba por llorar (o por enfermar). Conoce tu interior, y sabrás todo sobre tu pasado y tu futuro. Analiza tu genoma, y te sentirás 98,5% chimpancé (ya que esa es, cifra más o menos, la semejanza entre nuestros respectivos genomas). Entonces: si es así, entonces también somos 50% bananas, ya que compartimos con nuestras estilizadas primas amarillas una buena porción de genes básicos. Y convengamos en que uno no suele sentirse muy banana (aunque que los hay, los hay).
El asunto es que este análisis olvida que somos, también, nuestras circunstancias: la alimentación, nuestra educación, los ojos de la primera novia, un baño calentito. Y, sobre todo, somos el clima en que vivimos, el agua que bebemos, las estaciones que recorren el planeta y nuestro cuerpo. Tal vez esta avalancha práctica y retórica del cambio climático sea una buena excusa para asumirnos, así de chiquitos como somos, en un planeta que gira y que de vez en cuando grita y que, llueva o truene, muera el invierno y tenga prisa el invierno (al revés que la canción de Sabina), viene bien recordar para qué estamos de habitantes temporarios de este mundo: sobrevivir, ser felices, tener hijitos, regalar bufandas cuando corresponda.
Casi nada.
Reiki Usui Tradicional, Terapia Floral, Astrología, Tarot,Yoga, Feng-Shui y asistencia holística a todo aquel que lo necesite. No duden en enviarme su consulta a: magicielle9@gmail.com
domingo, 20 de septiembre de 2009
domingo, 13 de septiembre de 2009
Poner límites y compasión inteligente
Este relato fue contado por su notable protagonista en un reportaje radial hace más de 20 años: ese hombre había hecho una huerta en su casa de campo, a orillas de un camino escasamente transitado. Pero no estamos hablando de un hortelano más: era médico rural. Tampoco era un médico rural más: se llamaba René Favaloro; sí, el mismo que con el paso de los años revolucionaría la cirugía cardiovascular creando la técnica del bay pass; aquél hombre íntegro y humilde que gestaría una Fundación para ayudar a millones de personas, -aún a costa de su propia vida-. Volvamos al relato...
El Dr. Favaloro contaba que, como nieto de hortelano, había sabido hacer rendir la tierra: verduras, hortalizas, y también deliciosas frutas asomaban entre la fronda, pues su abuelo le había enseñado el secreto de los injertos entre distintas plantas (¡conocimientos que luego salvarían corazones!). Mas la huerta tenía un problema: la parte que daba hacia el camino siempre terminaba depredada; quienes pasaban por allí, sigilosamente rapiñaban cuanto podían.
Don René contaba que se planteó este problema: ¿debía dejar perros sueltos para que no robaran? ¿Poner un cerco más alto? ¿O quizás alambre de púa para impedir el acceso?
Buscó dentro de sí la decisión justa.
Y entonces, su sentido común se unió a su compasión, recordándole algo esencial: quienes transitaban por ese camino, sin excepción, era gente pobre. Entonces halló la solución: simplemente dividió el huerto en dos, con un alambre tejido, dejando una parte de todo lo cosechable hacia lado de su casa, y otra generosa porción del lado del camino.
Pero allí, en ese nuevo límite interno, colocó junto al alamabrado un cartel que decía: "POR FAVOR: ROBAR SOLAMENTE HASTA AQUÍ". Don René terminó la historia con esta frase: "Nunca nadie se excedió de ese límite."
Esta historia nos regala algo valioso: no sólo un ejemplo el ejercicio inteligente de la COMPASIÓN, sin quedarse atrapado en la avaricia de "lo MÍO".
Nos recuerda también la importancia de PONER LÍMITES DIGNOS, respondiendo a un imperativo moral: CUIDAR DE SÍ.
Tenerse en cuenta a sí mismo en un sentido no-egoísta es tan vital como tener en cuenta al otro.
De lo contrario, es muy fácil que propiciemos situaciones de ABUSO, con lo cual, sin advertirlo, nos volvemos SOCIOS DEL ABUSADOR.
SER PARA EL OTRO ES NECESARIO.
Pero SER PARA SÍ ES INDISPENSABLE, pues sólo siendo para sí se puede CONSERVAR LA INTEGRIDAD que nos permita tener qué darle a quienes lo merezcan.
Escuchemos al monje budista contemporáneo Bhante Henepola Gunaratana, de Sri Lanka, hablándonos sobre este tema:
"Es imposible realizar la práctica genunina de la compasión hacia otros
sin el fundamento de la compasión hacia sí mismo, del cuidado hacia sí.
Si tratamos de actuar compasivamente
a partir de un sentimiento de menosprecio hacia nosotros,
la verdadera fuente de nuestras acciones será
la aversión hacia nosotros mismos, y NO la compasión hacia los demás.
La compasión hacia sí mismo fincada en el sano amor de sí
nos motiva a ayudar con sinceridad. Es un error creer que resulta
más refinado o 'espiritual' tratarse con dureza o sentirse indigno.
Puedes decir: 'Preocuparme por mí es egoísmo. Mis necesidades
no son importantes: que estar siempre a disposición de los otros.'
Esas palabras suenan bien, pero tal vez estés engañándote.
Aunque te parezca extraño, el mismo Buda dijo:
'Al investigar el mundo entero con mi mente,
no encontré a nadie más querido que a mí mismo.
Y por ser así, aquél que se ama a sí mismo nunca dañará a otro.'
Autores: Virginia Gawel & Eduardo Sosa,
El Dr. Favaloro contaba que, como nieto de hortelano, había sabido hacer rendir la tierra: verduras, hortalizas, y también deliciosas frutas asomaban entre la fronda, pues su abuelo le había enseñado el secreto de los injertos entre distintas plantas (¡conocimientos que luego salvarían corazones!). Mas la huerta tenía un problema: la parte que daba hacia el camino siempre terminaba depredada; quienes pasaban por allí, sigilosamente rapiñaban cuanto podían.
Don René contaba que se planteó este problema: ¿debía dejar perros sueltos para que no robaran? ¿Poner un cerco más alto? ¿O quizás alambre de púa para impedir el acceso?
Buscó dentro de sí la decisión justa.
Y entonces, su sentido común se unió a su compasión, recordándole algo esencial: quienes transitaban por ese camino, sin excepción, era gente pobre. Entonces halló la solución: simplemente dividió el huerto en dos, con un alambre tejido, dejando una parte de todo lo cosechable hacia lado de su casa, y otra generosa porción del lado del camino.
Pero allí, en ese nuevo límite interno, colocó junto al alamabrado un cartel que decía: "POR FAVOR: ROBAR SOLAMENTE HASTA AQUÍ". Don René terminó la historia con esta frase: "Nunca nadie se excedió de ese límite."
Esta historia nos regala algo valioso: no sólo un ejemplo el ejercicio inteligente de la COMPASIÓN, sin quedarse atrapado en la avaricia de "lo MÍO".
Nos recuerda también la importancia de PONER LÍMITES DIGNOS, respondiendo a un imperativo moral: CUIDAR DE SÍ.
Tenerse en cuenta a sí mismo en un sentido no-egoísta es tan vital como tener en cuenta al otro.
De lo contrario, es muy fácil que propiciemos situaciones de ABUSO, con lo cual, sin advertirlo, nos volvemos SOCIOS DEL ABUSADOR.
SER PARA EL OTRO ES NECESARIO.
Pero SER PARA SÍ ES INDISPENSABLE, pues sólo siendo para sí se puede CONSERVAR LA INTEGRIDAD que nos permita tener qué darle a quienes lo merezcan.
Escuchemos al monje budista contemporáneo Bhante Henepola Gunaratana, de Sri Lanka, hablándonos sobre este tema:
"Es imposible realizar la práctica genunina de la compasión hacia otros
sin el fundamento de la compasión hacia sí mismo, del cuidado hacia sí.
Si tratamos de actuar compasivamente
a partir de un sentimiento de menosprecio hacia nosotros,
la verdadera fuente de nuestras acciones será
la aversión hacia nosotros mismos, y NO la compasión hacia los demás.
La compasión hacia sí mismo fincada en el sano amor de sí
nos motiva a ayudar con sinceridad. Es un error creer que resulta
más refinado o 'espiritual' tratarse con dureza o sentirse indigno.
Puedes decir: 'Preocuparme por mí es egoísmo. Mis necesidades
no son importantes: que estar siempre a disposición de los otros.'
Esas palabras suenan bien, pero tal vez estés engañándote.
Aunque te parezca extraño, el mismo Buda dijo:
'Al investigar el mundo entero con mi mente,
no encontré a nadie más querido que a mí mismo.
Y por ser así, aquél que se ama a sí mismo nunca dañará a otro.'
Autores: Virginia Gawel & Eduardo Sosa,
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